martes, 23 de noviembre de 2010

Siempre ella.

Debo empezar de nuevo. Estoy harto de llevar una vida de plomo, oscura y pesada, y de no sentirme atraído por nada en este mundo. Por ella. Siempre ella, maldita sea. Ni siquiera en aquel local de música estridente, con una copa en la mano, acompañado de extraños y borrachos escapaba de mi cabeza, y aún sigue aquí. ¿Qué me has hecho, dulce néctar?

Mi vida es… No, no puedo encontrar palabras para ello, no quiero derrumbarme. Tengo familia, amigos y estudios: se lo regalo a quien quiera. No quiero nada, no necesito nada. Cierro los ojos.

Estamos en la cafetería cerca de la estación donde sirven el mejor café de toda la ciudad. Allí esta ella, enfrente de mi, tomando pequeños sorbos de café, lamiéndose la crema que pinta suavemente sus labios, su sonrisa. Levanta la mirada, ríe y sus mejillas se vuelven rosadas, deja la taza en la mesa y me obliga a mirar a otro lado. Rio divertido y ella actúa como si estuviera molesta pero es incapaz y explota en una gran carcajada, grande y natural.

Basta. Se fue, ¿recuerdas? No vale la pena vivir en el pasado, lo sabes perfectamente. Sacarme de la cabeza su voz, su mirada, su perfume, su risa, sus labios. Arrancármela de mis sentidos. No avanzo. Sigo sentado en ese maldito banco y la veo. La veo mirar a su alrededor intentándome localizar, concentrada, observa con interés, me encuentra y camina rápida hacia mi. Y de pronto un beso capturado en un abrazo, solo nuestro y de nadie más.

Ella quizá ya me olvidó y yo sigo aquí luchando contra una brisa cada vez más débil, inexistente, solo palpable en mi mente. Debo escapar y dejarla huir de mi corazón. Me duele, me haces daño. Quiero verte.

Coloco mi brazo sobre la cara. Cierro los ojos con fuerza. Quiero descansar, no quiero pensarte. Suena el teléfono, un mensaje.


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