jueves, 19 de agosto de 2010

Vida insomne

Abrí los ojos y miré de nuevo el reloj. Eran las cuatro y cuarto de la mañana y seguía sin poder dormir. Parecía que aquella noche, como muchas otras, mi mente quería impedirme reunirme con Morfeo y descansar. Cerré de nuevo los ojos, intentándome centrar en el sonido del silencio, pero era imposible. Aquellas voces empezaban como un susurro lejano pero al poco tiempo eran ensordecedoras y conseguían revolucionar mi interior.

Decidí levantarme y mirar por la ventana. Allí me encontré con la noche y con una luna a medias y, mientras respiraba el aire nocturno, observé como el mundo parecía otro hundido en la oscuridad. Sentí unas ganas irremediables de salir y sumergirme en la noche pero sabía que si me atrevía a abandonar aquel edificio, tardaría en volver de nuevo. ¿Qué podía hacer esa noche de insomnio? Mis opciones no eran muy atractivas: podía seguir intentando relajarme o bien escuchar aquellas voces con dedicación.

Me acosté de nuevo en la cama y cerré los ojos con tal fuerza que sentí que todo mi cuerpo se tensaba. Era inevitable escuchar aquellas voces como si fueran parte del colchón sobre el que estaba tumbada. Pronto supe que me hablaban de cosas muy distintas pero que a la vez, todas formaban parte de mí. Hablaban de mi pasado, de las cosas que había perdido con el tiempo, del dolor sufrido y de las recompensas adquiridas. Realmente podría afirmar que de todo lo que se vive, se aprende. Cada pequeño momento podría ser importante e incluso crucial en la vida. En un instante podríamos vivir más que durante años y comprender la vida como nunca antes lo habríamos hecho. Quizá incluso estamos destinados a recorrer este camino y superarnos a nosotros mismos, cambiando la visión que tenemos de las cosas que forman parte de nuestra vida, pero siempre con perspectiva.

Aquellas voces no cesaban de hablar y las sentía como si estuvieran a punto de devorar mis oídos y mi cerebro, pero realmente ya se habían ubicado en mi interior y escudriñaban cada rincón de mi ser intentando encontrar cualquier recuerdo que me hiciera estremecer de nuevo. Recordé el sabor del fracaso, de la victoria, de la esperanza, del dolor y también del amor. ¿Qué sería de la vida sin recuerdos? Es cierto que nadie puede vivir de ellos pero son parte del libro de nuestra vida, son pequeños testigos que nos aconsejan y nos acompañan.

Abrí de nuevo los ojos. Eran las cinco menos cuarto de la mañana, había pasado media hora perdida entre recuerdos. Sentí como una lágrima resbalaba por mi mejilla. Había vivido momentos que no querría borrar jamás de mi memoria, eran piezas irremplazables que guardaría por siempre en lo más profundo de mi ser.

En aquel momento se me encogió el corazón y las lágrimas inundaron mi rostro. Echaba de menos algunos momentos que sabía que jamás volverían pero pronto comprendí que era mejor sentirse afortunada de haberlos vivido. La vida nos regala momentos únicos que debemos vivir intensamente.

Cerré de nuevo los ojos y recordé los mejores momentos que había vivido hasta aquella noche y esbocé una sonrisa en la oscuridad. De pronto sentí como unos brazos rodeaban mi cuerpo.

–Jamás estarás sola. –dijo una voz cálida y suave mientras una calor indescriptible bañaba todo mi cuerpo haciéndome sentir una paz absoluta. –Recuerda que yo siempre formaré parte de ti.


1 comentario:

  1. Me gusta, pero siento curiosidad por si esos brazos que la rodean son una persona real, a su lado, el pensamiento de una persona o ella misma...

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