martes, 15 de febrero de 2011

El cuaderno de Ellen

Aquella mañana Ellen se levantó de su cama y se dirigió a la estantería donde guardaba sus cuadernos. El gris perlado con purpurina azul, el verde de motivos florales, el naranja con motivos divertidos amarillos y rojizos, el cuaderno marrón inacabado de sus viajes… Cogió entre sus pequeñas manos este último y acarició la cubierta desgastada y algo raspada. Se estiró sobre la cama con el cuaderno cerca del pecho, cerró los ojos e inspiró.

Vislumbró una ventana de tren que mostraba un paisaje a toda velocidad repleto de árboles y de montañas que se alzaban en un cielo nublado y grisáceo. Rápidamente llegó a una estación desconocida con su maleta roja mientras escuchaba a los demás hablar en un idioma extraño que creía entender perfectamente. Tras aquella estación le esperaba un bello pueblo que jamás había visitado antes. Parecía minúsculo pero en el que estaba segura que sería capaz de descubrir una gran historia e incluso, inventar una de nueva solo para ella.

Recorría aquellas calles empedradas mirando hacia al cielo, con la boca entreabierta, fijándose detenidamente en los tejanos, en los motivos de las ventanas y en todo aquello de lo que disfrutaría un gran amante del arte. Y, sin darse cuenta, llegó a un lago rodeado de árboles que abrazaban el agua apacible y oscura donde, ella estaba segura, habitaban cantidad de especies aún no descubiertas por nadie antes...

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