domingo, 30 de enero de 2011

Bailando con las paredes

En aquella habitación nada parecía haber cambiado. Los cuadros seguían en su sitio aunque no hacían el mismo olor que meses antes, las cortinas seguían siendo rojizas aunque habían perdido color por el contacto con el sol y yo seguía siendo la misma: la misma pero sin ti.

En la cama intentaba alterar mis pensamientos leyendo viejas novelas que no hablaban de amor, ni de recuerdos, ni tan solo de tu mirada. Logré apartar de mí todo aquello y me sentí capaz de despedirme de ti. Me seguías persiguiendo en sueños pero al despertar ni mis ojos ni mis brazos lograban alcanzarte. Todo parecía volver a encontrar el equilibrio perfecto que tan bien me hiciste perder.

En la calle la gente dejaba de tener tu cara, tu ropa, tu perfume y tu voz. Pasaron a ser simples mortales repletos de historias no escritas y de sentimientos profundos, pero siempre desconocidos. Yo caminaba escuchando mis pasos y recorriendo las mismas calles que alguna vez soñé recorrer junto a ti. Y llegaba a casa sin prestar atención a mi alrededor.

Pero al llegar a aquella habitación una tarde te vi. Estabas en aquel sillón, concentrado en una de las cosas que más amabas y levantaste la mirada como siempre, y el brillo de tus ojos cambió como cada vez que me veías acercarme a ti. Y te quedaste inmóvil, sonriendo, en pausa. Y yo desperté de mi ensueño. Aquél no eras tú, no era nadie más que tu recuerdo de nuevo en mi memoria.

Apoyé todo mi cuerpo contra la pared y miré al techo. Todo parecía gris, todo estaba perdiendo color de nuevo. Mis manos acariciaban los poros de aquella superficie fría y rugosa y mi cuerpo se empezó a abandonar en aquel blanco cegador. Cerré los ojos y empecé a escuchar tu melodía que como un susurro dulce en mi oreja, se apoderó de mí. Mi cuerpo se balanceaba y empecé a tararear tu canción, bailando con las paredes.



[Producto nocturno (como casi todos). Gracias a Natalie Golberg por inspirarme y por darme la seguridad de que seguiré estándolo durante mucho tiempo.]


domingo, 9 de enero de 2011

Elienne

Recuerdo aquella fría mañana de invierno como si fuera ayer. Al despertar observé mientras preparaba el desayuno que el cielo era gris pálido y anunciaba que volvería a nevar. Era la Navidad de mi decimonoveno cumpleaños y aunque no iba a celebrarlo como deseaba, había decidido que aquel día iba a ser inolvidable. Siendo sincera, deseé con todas mis fuerzas que así fuera.

El tío Gareth me había pedido que fuera a su casa el día anterior, así que tras vestirme recorrí aquel camino de nuevo.

–¡Elienne, mi querida Elienne!– exclamó al verme.– ¡Mirad quién ha llegado!
–¡Elie, Elie!– gritaron Row y Alan al verme.– ¿Nos has traído algo, prima?
–Chicos, ¿jamás os cansaréis de pedir?– dijo Audrey dibujando una sonrisa en su rostro mientras se acercaba a nosotros con los brazos apoyados en las caderas.

Los dos hermanos se agarraron fuertemente a mi falda mientras reían e intentaban esconderse de las palabras de su madre. Les toqué la cabeza. El cabello rojo de Row y la cabellera dorada de Alan sobre mi ropa gris parecían la nota de vida en aquel paraje blanquecino.

Entré en su casa guiada por los niños y nos sentamos en la mesa de madera del comedor junto a la chimenea. Me encantaba el olor de aquel lugar, se respiraba mucha dulzura y además, familiaridad.