Me encontraba perdida en la noche. No conseguía identificar lo que había a mi alrededor aunque si miraba al frente me encontraba con el principio de una gran arboleda. La única luz que me ayudaba a vislumbrar mis pasos era la Luna, tan llena y tan brillante que me reconfortaba.
De pronto, sentí una presencia cerca de mí. No podía saber con exactitud de qué se trataba así que me armé de valor y volteé mi cuerpo para descubrir quién era. “Perfecto”, pensé. No había nadie. Parecía una estúpida en un camino desconocido y malpensando de lo que me rodeaba. Entonces escuché el sonido producido por un pájaro, podría incluso afirmar que parecía un cuervo. Miré hacía arriba, muy posiblemente estaría escondido en una de las copas de los árboles que ahora me acompañaban.
Seguí caminando, sin pensar en los ruidos de la noche. Pero de nuevo, el cuervo. Y de nuevo, la presencia. ¿Qué le pasa a mi cabeza? Me fastidia cuando empiezo a pensar en cosas así, debería centrarme en encontrar el camino para volver. No abandoné mis pasos y contemplé la Luna, realmente era preciosa e inmensa.
Volví a escuchar al maldito cuervo y me giré, ya abrumada de los nervios, y por qué no decirlo, del cabreo. Me quedé paralizada. Detrás de mi habían dos hombres, uno a la derecha y otro a la izquierda, de negro y vistiendo una extraña capa hasta las rodillas. Sus ojos eran lo que me mantenía quieta, sus miradas eran increíblemente punzantes, me miraban directa y solamente a mí, me sentía su presa. “Genial, van a matarme.” dije interiormente.
Sus pasos se volvían cada vez más ávidos y levantaban su capa sin dejar de graznar, parecían verdaderos cuervos. Bien, al menos podía sentirme satisfecha de haberlos reconocido por su piar. Pero, ¿cómo podía ser posible? No puede ser, las personas aunque algunas parezcan auténticos animales, nunca son realmente animales en el sentido literal de la palabra. ¿Quiénes eran? ¿Qué iban a hacer conmigo?. Empecé a intentar recordar todo lo que había aprendido en mis clases de defensa personal pero igualmente no me sentía más segura, ellos eran dos y tenían unas pintas realmente peligrosas.
Una voz interior me dijo “¡Corre!” y entré de pleno en el bosque. Empecé a correr tan rápido que me parecía increíble que no me hubiera aun caído porque no miraba el terreno que pisaba y la luz era mucho más tenue ya que los árboles disminuían la intervención de los rayos de la Luna. Escuchaba sus pasos a mis espaldas, era inminente que me atraparan.
No podía seguir corriendo de ese modo, iba a caer rendida. Llegué hasta un punto del bosque que parecía idóneo para mi muerte. La luz de la Luna entraba libremente entre aquella corona de árboles y dibujaba un círculo casi perfecto. Mis nuevos “amigos” dejaron que sus capas cayeran de manera autónoma sobre sus espaldas e iniciaron sus pasos hacia mí. Pensé en mis últimas palabras, qué rabia, me faltaba aún tanto por hacer en la vida y me sentía incapaz de enfrentarme a dos pajarracos gigantes.
Sus pasos se volvieron paulatinos, parecía una escena grabada a cámara lenta, posiblemente para aún llenarme más de terror. Posaron sus garras sobre la piel de mi rostro. No podía chillar, ni siquiera me atrevía a pedir ayuda. Caí al suelo, me quedé inmóvil. “Qué desastre soy”, pensé. Pero algo frenó en seco mis pensamientos de autohumiliación y resignación.
Apareció de la nada un hombre rodeado de sombras. Era alto y causaba respeto tan sólo mirarlo, parecía poderoso. Acto seguido aquellos dos repugnantes cuervos retrocedieron unos cuantos pasos y él se acercó a ellos. No podía ver con exactitud los rasgos de aquél hombre pero estaba segura de que por lo menos le perseguía un aura de envidia creada por otros chicos. Sinceramente, era increíblemente atractivo.
De pronto me vi envuelta en una batalla. Los dos cuervos intentaban escapar de aquél misterioso hombre pero era en vano. Fijándome bien, tenía mis dudas de que fuera humano. Sus movimientos eran precisos y ágiles, demasiado. Parecía un depredador. Los cuervos empezaron a moverse de forma agitada y no paraban de graznar de un modo muy distinto a como los había escuchado al principio. Parecían pedir ayuda. Uno de ellos hizo un último grito ahogado y cayó al suelo cerca de mí. Sus ojos aún me miraban anhelantes y de su cuello resbalaba una fina linea de sangre, parecía tener todo el cuello lleno de arañazos. Empecé a ver sangre brotar del otro e iba cayendo al suelo, al levantar la mirada me quedé petrificada. Aquél hombre estaba mordiendo en el hombro a aquel hombre-cuervo y cuando se dio por satisfecho sacó sus garras y las clavó por el contorno del cuello y estiró violentamente con su boca de la ropa y lo tiró al lado, escupiendo un trozo de ropa bastante grueso. Al asegurarse que los dos cuervos permanecían inmóviles en el suelo, estiró su espalda y se inclinó hacia atrás acompañándose de todo su cuerpo, dejando al descubierto a la luz de la Luna un gran aullido bañado de la sangre que acariciaba su boca, sus inmensos colmillos y sus manos. Era una escena terrible y a la vez, de algún modo, fascinante.
Después se secó la sangre de su boca con la manga de la gabardina negra que vestía mostrando sus colmillos de nuevo. Y posó sus ojos sobre mí. Una mirada profunda, era imposible determinar el color de sus ojos ya que la Luna quedaba tras su espalda pero era una mirada que mostraba claramente que él no era una persona normal y corriente. Era verdaderamente insólito.
Dibujó una medio sonrisa en su rostro al verme con la boca entreabierta, pasmada por lo que acababa de presenciar. Se acercó a mi y yo intenté retroceder pero mi cuerpo no se dignaba a obedecerme. Agachó su torso y me ofreció la mano. ¿Quién era? ¿Iba matarme como lo había hecho con esos cuervos gigantes o realmente quería salvarme la vida?
Wooo... retomas tu escritura. Mola ^^ aunque este yo ya lo conocía xD
ResponderEliminarEspero algunos nuevo :p