Decidió que aquella noche iba a ser distinta. No era aún medianoche pero sentía que no podía quedarse encerrada entre aquellas cuatro paredes, acomodarse en aquella vieja butaca y dejar de pensar escabulléndose en un mundo irreal del que jamás podría formar parte. Debía vivir la realidad aunque no fuera de su agrado. Necesitaba evadirse, tan solo eso.
Tras haber elegido qué ropa ponerse sin mucha dedicación, abrió la puerta y rompió a correr por las escaleras. No sabía donde se dirigía ni a qué hora prefería volver, quizá ni siquiera volvería hasta el amanecer. Al salir a la calle paró en seco, cerró los ojos y respiró.
La noche: una pausa, un estímulo, un alivio.
Recorrió aquellas calles oscuras iluminada por algunas de las farolas que se atrevían a brillar en aquella noche sombría, en busca de algo que le hiciera volver con una sonrisa, con un motivo por el que despertar por la mañana. Su cabello negro azabache, brillante y profuso bailaba al son de la suave brisa nocturna que envolvía cada uno de sus pasos. Guardaba sus delicadas manos dentro de los bolsillos de su chaqueta y escondía su barbilla bajo la bufanda de lana gruesa que había hecho a mano años atrás. ¿Qué pretendía encontrar? Las respuestas no aparecen por arte de magia ni tampoco en una noche de insomnio cualquiera. Ni siquiera sabía qué buscar o si debía hacerlo. Se encontraba perdida en un mar de incertidumbre y no era capaz de elegir que rumbo tomar.
De pronto, unos faros iluminaron su rostro dejando atrás un leve rugido. Miró fijamente a la luz y vislumbró una silueta que apoyaba el pie izquierdo en el asfalto mientras aguantaba el manillar de una enorme motocicleta negra.
–¿Hacia dónde te diriges?
Se quedó paralizada. Sabía que no había nadie más en aquella solitaria calle y que aquella silueta familiar tan solo podía estar dirigiéndose a ella.
–No lo sé.–respondió sin bajar la vista de aquella luz amarillenta que le penetraba en los ojos.– Necesitaba respirar.
Poco después aquella motocicleta se encontraba a escasos centímetros de ella y una mano le ofrecía un asiento tras aquella figura nocturna y afín. Abrazó aquel cuerpo conocido y apoyó la cabeza sobre su espalda. Emprendía un viaje insólito. Las lunas azules de sus ojos brillaban mientras el viento, su corazón y el motor rugían salvajemente.
Tras haber elegido qué ropa ponerse sin mucha dedicación, abrió la puerta y rompió a correr por las escaleras. No sabía donde se dirigía ni a qué hora prefería volver, quizá ni siquiera volvería hasta el amanecer. Al salir a la calle paró en seco, cerró los ojos y respiró.
La noche: una pausa, un estímulo, un alivio.
Recorrió aquellas calles oscuras iluminada por algunas de las farolas que se atrevían a brillar en aquella noche sombría, en busca de algo que le hiciera volver con una sonrisa, con un motivo por el que despertar por la mañana. Su cabello negro azabache, brillante y profuso bailaba al son de la suave brisa nocturna que envolvía cada uno de sus pasos. Guardaba sus delicadas manos dentro de los bolsillos de su chaqueta y escondía su barbilla bajo la bufanda de lana gruesa que había hecho a mano años atrás. ¿Qué pretendía encontrar? Las respuestas no aparecen por arte de magia ni tampoco en una noche de insomnio cualquiera. Ni siquiera sabía qué buscar o si debía hacerlo. Se encontraba perdida en un mar de incertidumbre y no era capaz de elegir que rumbo tomar.
De pronto, unos faros iluminaron su rostro dejando atrás un leve rugido. Miró fijamente a la luz y vislumbró una silueta que apoyaba el pie izquierdo en el asfalto mientras aguantaba el manillar de una enorme motocicleta negra.
–¿Hacia dónde te diriges?
Se quedó paralizada. Sabía que no había nadie más en aquella solitaria calle y que aquella silueta familiar tan solo podía estar dirigiéndose a ella.
–No lo sé.–respondió sin bajar la vista de aquella luz amarillenta que le penetraba en los ojos.– Necesitaba respirar.
Poco después aquella motocicleta se encontraba a escasos centímetros de ella y una mano le ofrecía un asiento tras aquella figura nocturna y afín. Abrazó aquel cuerpo conocido y apoyó la cabeza sobre su espalda. Emprendía un viaje insólito. Las lunas azules de sus ojos brillaban mientras el viento, su corazón y el motor rugían salvajemente.